Pregunta: ¿En qué curso del colegio nos enseñaron a participar en una reunión de trabajo?
Respuesta: En ninguno.
Quienes ya hace rato somos adultos o quienes ya tienen a su haber más de una década de trabajo profesional, somos veteranos en materia de asistencia a reuniones. Nuestros cuerpos y nuestras mentes ya han sufrido miles de horas alrededor de una mesa en este rito de la civilización moderna. Ni hablar de los ejecutivos de muchas empresas, cuya única actividad es pasar de reunión en reunión, día tras día.
A pesar de la experiencia, parece que este tema es otro ejemplo de lo que se puede denominar aprendizaje congelado. Las reuniones -a diferencia del vino- parecen no mejorar con el tiempo.
Una revisión a la rápida.
Primer pecado, nada de original: las reuniones en Chile no empiezan a la hora.
Sigamos con los vicios; se cita a reuniones para tratar más temas de los que físicamente es posible abarcar, o peor aún, con un temario tan abstracto que más que sesión de trabajo es debate filosófico. Y ni hablar de las interrupciones, que -respeto al margen- dejan a un inspirado interlocutor con la mitad de sus planteamientos encerrados en la mente. Normalmente esa persona empieza su argumento de nuevo.
Más pernicioso, todavía, es el personaje que confunde la mesa con un podio y que -con elocuencia asombrosa- despliega argumentos sobre cada uno de los temas tratados, sin importar las redundancias ni los gestos de aburrimiento. Existen estudios publicados en muchas revistas acerca del costo económico que tienen las reuniones-maratones. Es cuestión de simple aritmética, de horas multiplicadas por porcentaje de sueldos.
Hay factores agravantes del fenómeno. Por lo menos dos, ampliamente reconocidos: el café y el cigarro. El primero fomenta reuniones más largas. El segundo genera complicidad entre los fumadores, creando un clima propicio para explayarse en confianza. Sobre las secuelas físicas de ambos, ni hablar porque las estadísticas médicas lo dicen todo.
Un capítulo aparte es la existencia de un anexo telefónico ubicado en la misma sala de reunión. Siempre habrá un llamado más urgente e importante que el tema en discusión. En esos casos, la única esperanza es confiar en la prudencia y buenos modales del dueño del teléfono.
Algo sin duda positivo es el humor. Cuando quedan pocas posibilidades de rescatar una sesión que sucumbe en medio de bostezos, aparece el chiste oportuno que renueva el aire e inyecta energía... para tener más paciencia.
En todo caso, un par de pistas. En Alemania asistí a reuniones donde todos estaban de pie; a los veinte minutos –tal como dicen los kinesiólogos- los asistentes quieren irse. En Silicon Valley estuve en reuniones donde el aire acondicionado no da tregua para acomodarse; las bajas temperaturas agilizan –casi siempre- las mentes de los lateros.
En Chile, por ahora, seguimos esperando que alguien invente las reuniones cortas…
marioboada@snap.cl
jueves 29 de junio de 2006
Reunionesssssssss...
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